Han transcurrido casi tres semanas desde el incidente. Las autoridades no tienen la más
mínima idea de hacia dónde dirigir sus esfuerzos investigativos. La prensa no ha vuelto a
mencionar el asunto. Para ellos es otro cadaver más que se acumula en las estadísticas
oficiales. Con una muerte no se puede establecer una tendencia ... Por ahora, nadie sabe.
Hace un par de noches soñé con el incidente. Hasta ese momento no había revivido lo
acontecido. Eran pasadas las diez de la noche cuando regresaba a casa después del
trabajo. En todo empleo la tarea más ardua es controlar la ansiedad causada por el tener
que lidiar con la gente que te rodea. Ocho horas diarias de contacto humano indeseado
provoca mayores estragos físicos que levantar y cargar objetos de cincuenta libras o más.
Me sentía exhausto esa noche... demasiado contacto humano indeseado. A mitad de
camino recordé que debía retirar dinero de mi cuenta de ahorros. A pesar del cansancio,
me desvié hacia la ATH más cercana. No tardé en llegar, justo en ese instante comenzó
a llover. Me apresuré a sacar el dinero... la lluvia arreció. Abrí la puerta del carro y sentí
un filo en el cuello. Una voz me susurró que no me moviera... la lluvia se acrecentó aún más.
La voz me susurró que le diera el dinero, lo cual hice. Pensaba que en cualquier momento
alguien nos vería, lo que ahuyentaría al ladrón, pero el aguacero le servía de protección.
La voz no se conformó con el dinero y me volvió a susurrar ordenándome que le entregara
las llaves del auto. El filo en el cuello se tensó lo que cortó mi respiración momentáneamente.
Le dije que había tirado las llaves en el asiento y que debía inclinarme para poder pasárselas.
Me quito el filo del cuello y me incliné un poco para alcanzar las llaves. En un movimiento
inesperado para ambos, le agarré la mano que tenía el puñal y en medio de la noche lluviosa
forcejeamos. Tuve la suerte que el sujeto resbaló lo cual me permitió voltearme. Pero en vez
de soltarlo y correr en busca de auxilio, comencé a golpearlo con furia. El puñal cayó al
suelo y el sujeto comenzó a pedir clemencia ya que sabía que estaba en desventaja. Le tomé
su brazo derecho y cerré la puerta del carro con todas mis fuerzas. Su grito fue ensordecedor,
pero el aguacero era tal que amortiguaba el mismo. Lo empujé al asiento del pasajero, tomé
el puñal y me metí al carro con él. El maldito bastardo que unos segundos antes me tenía
inmobilizado gemía y lloraba de dolor mientras sujetaba su brazo fracturado. Sin mediar
palabra, encendí el auto y manejé con puñal en mano sin idea clara de lo que iba a hacer.
Consideré ir al cuartel de policía, pero la misma voz que me susurró previamente comenzó
a insultarme. Fue él quien tomó la decisión por mi. No sólo fue lo suficientemente canalla
como para tratar de asaltarme sino que fue demasiado estúpido como para insultarme.
Detuve el carro detrás de un negocio abandonado. La lluvia ya no lo protejería... no habría
nada que lo protejería. Puñal en mano, lo saqué del carro. Lo golpeé de tal manera que cayó
de rodillas. Y antes que dijera nada le rebané el cuello. Se retorció en el suelo. Pensé que no
era suficiente y me sentí compelido a tomar el puñal para acuchillarlo. Así hice... diez o doce
fueron las ocasiones en que el filo lo perforó. Mi rostro era una confusión de lluvia, sangre
y lágrimas. Lo curioso es que recuperé la calma de inmediato. Estoy convencido que la vida
toma unos giros extraños ... mañana tengo unas ganas irresistibles de dar un paseo en
otra noche lluviosa.
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