Al final indomable
de la última exhalación
no hay ateos ni ideas
en las trincheras del saber.
Lo programado se olvida
al toque de un botón,
ese que apaga
y no vuelve a encender.
Es cuando se pierde aliento
y un frío congelador
te deja en total vilo
aguardando si la creencia se deja ver.
Un día saliste de la trinchera
que te protegió,
expuesto a la bala viva
de calibre fe.
Y presencias un fuego cruzado
entre lo pagano y lo divino
que aterra mucho más
que inquisidor en apariencia de feligrés.
Y provocas una herida
en ese cruzado fuego
al buscar un reino inmenso
que te acepte sin creer.
Y hasta el útimo segundo
de tu humana contradicción
vas evadiendo pleitecías
por quién sabe qué.
Si Sartre tuvo el coraje
para sostener su motivación,
quiénes somos tú y yo
para a última hora retroceder.
Las décimas se agotan,
lo orgánico deja de ser
y sigues resistiendo
esas ganas innatas por pretender.
Sólo a instantes del comienzo
de la natural putrefacción
se recrudece el miedo,
la incertidumbre que no cesó de crecer.
Y no hay sapiencia
que distraiga toda la atención
de la defunción automática
que está por acontecer.
Y es así que toda antigua decisión
la recuerdas a la vez,
pidiendo que te arrepientas,
y la gran pregunta... ¿de qué?
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