Hay semillas en la tierra
que no logran decidir
si brotar o marchitarse
ya que perciben sombras siniestras
que ocultan al sol protector
que alimenta al valle de Borikén.
Mi determinación fue por brotar
para que mis tallos atestiguaran
lo bello del lugar de mi antecedencia,
donde mis raíces han de prevalecer.
Pero hay lluvia fuerte que se acerca,
nubes de incertidumbre a la luz encarcelan,
y si hay agua más de la suficiente
y no hay energía de ese sol
corre peligro nuestra plantación
de crecer enferma
o de caer en descomposición.
Aún así, mi semilla germinó.
Eres la joya del mar,
de la constelación la estrella de más brillo.
Te llaman preciosa, tierra de encanto,
la esmeralda del ombligo global.
Pero algo anda mal,
por tus caminos mis pies tropiezan,
tu actualidad sin aliento me deja,
y me perturbo al observar a tus hijos,
los pudientes que de tí se adueñan,
los pobres que en el vacío quedan,
los de en medio que callan por indiferencia.
Entre todos ellos estoy yo.
Lo que fue creado paisaje verde
a sido cambiado a cemento sin vida
que va cubriendo al tiempo
la madre que pare a generaciones
que glorificarán o corromperán,
según lo que su condicionamiento les dicte.
Miro hacia atrás
y veo las idioteces de entonces,
las mismas escenas de hoy.
Sobre tí llueven sin escampar
ideologías y pretensiones
como un torrente de divisiones
que a nadie permite a campo abierto salir.
Decido descansar mis pies,
el viento fresco a mis hojas le viene bien
mientras contemplo un paisaje
que me obliga a confezarte
que a pesar de las sombras
te juro que de tu tierra
nacería una y otra vez.
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