Mi credo
Depende de cada cual revitalizar la dignidad agonizante. Incluso la muerte no puede ven-
cer a aquellos que mantuvieron o rescataron su dignidad, ya que la eternidad es su recompensa.
Los dignos parten de la esfera de los vivos con calma, sabiendo que hicieron todo lo que estuvo
a su alcance para ganar lo que tenían que ganar y no perder aquello que estaba en riesgo de
perderse. Parten con calma aunque su muerte sea por una violencia producto de una ira incon-
ciente. Su última respiración dura una eternidad... la inmortalidad que todos anhelan. Las obras
terrenales de esos seres se posan frente a los chacales quienes se ríen en su impotente igno-
rancia. Ríen porque saben que no pudieron hacer nada ante la dignidad de fines y medios de los
ahora inmortales. Esos que no sobrevivieron a la bala, sobrevivieron al odio que las disparó. Y
al igual que Judas, quien cumplió con lo que se le tenía predeterminado, los inmortales cum-
plieron con su labor de mártires. Hay una verdad desgraciada, la humanidad necesita de tra-
gedias constantemente para recordar lo que con tanta facilidad se olvida.
Para bien o para mal, las tragedias ajenas mueven las pasiones de los hombres. Las
tragedias constantes que son descritas en los libros de historia, y que ahora son imágenes digi-
tales a color y ondas de radio AM/FM, disminuyen las sensibilidades de los hombres comunes
que ven los sucesos de nuestra trivialidad repetirse año tras año. Las pasiones inspiradas en
estos hombres y mujeres son de resignación, tristeza e indignación, y se recrudecen ante los
males causados por la naturaleza y los provocados por el mismo hombre. Hay hombres que
caminan más pendientes de no tropezar con otros caminantes que en dar los pasos correctos
para completar la ruta trazada. Son hombres y mujeres de una rutina muy sencilla, mirar lo
que hace él otro y no mover un dedo ni gastar una neurona. Yo soy uno de esos inamovibles
y el que lee esto lo más probable es que también lo sea aunque no lo quiera aceptar. Pero
hay otra clase de personas a los que también sus pasiones afloran debido a las tragedias
ajenas. Sus pasiones no sólo se mueven, estas despiertan, gritan, flamean, se expanden, se
indignan, se llenan de ira, llegan a pecar en el pensamiento si es necesario. Y a diferencia
de nosotros los mortales de la cotidianidad, estos seres casi divinos y de estirpe mitológica,
no dejan su indignación en mero sentimiento... la pintan en el lienzo de la calle.
Estos avatares son enviados por el espíritu universal que todo lo crea y todo lo une,
tanto para el bien como el mal, para recordarnos lo que en verdad nos pertenece. No nos
pertenecen las tierras, los mares o los cielos. No nos pertenecen la fauna ni la flora. No nos
pertenecen las fronteras, las naciones ni las sociedades. No nos pertenecen el pasado,
el presente ni el futuro. Y mucho menos nos pertenecen los hombres y sus almas.
Hay quienes venden su alma, su identidad y sudignidad para dominar y ser superiores a otros.
Lo que no saben es que nada de eso pueden vender porque nunca les perteneció. Y aquellos
santos, encarnación del espíritu de la vida, nos vienen a recordar que lo único que sí es nuestro
son los sentimientos y las acciones. No más, no menos. Obviamente, el mensaje no se
ha quedado grabado en la conciencia colectiva del Homo Brutus -que no- Sapiens Sapiens,
también conocido como el Homo Satanus. Los grandes avatares, desde Buda al Chico Méndez,
han venido una y otra vez sin haber sido apreciados como se lo merecían. Se dice que nadie
es profeta en su tierra. Al final fueron mártires del mundo entero.
Esto sobrepasa las religiones, ideologías que dicen saber lo que quiere eso que
llamamos Dios. En el siglo XX vimos tres ejemplos que hablaron por sí solos: un hindú llama-
do Gandhi; un musulmán llamado Malcolm X; y un cristiano llamado Martin Luther King, Jr.
Si Jesús fue el verbo hecho carne, entonces, Gandhi fue el verbo de la humildad; Malcolm
fue el verbo del respeto; y Martin el verbo de la esperanza. El judío, el hindú, el musulmán
y el cristiano, vivieron en contextos históricos diferentes, pero murieron por lo mismo.
Murieron por promover el evangelio de la verdadera religión de Dios... el respeto por la raza
humana. En esta religión no hay cristianos, no hay hindúes, no hay judíos, no hay musul-
mánes, no hay budistas, no hay ateos, no hay espiritístas, no hay santeros, no hay satá-
nicos, no hay agnósticos, no hay anarquistas. Por esta religión no habrán cruzadas, no ha-
brán inquisiciones, no habrán herejías, ni papado, ni guerras por supuestas tierras santas,
ni venta de indulgencias, ni salvaciones que se paguen con el diez por ciento de la vida.
Ni siquiera existe un cielo o un infierno, mucho menos un purgatorio. No hay tronos ni
tridentes; no hay ángeles caídos ni discípulos a quien echarles la culpa; no hay camino
óctuple ni división por castas. No hay una Meca ni una Nueva Jerusalem. Sólo hay seres
humanos concientes de su existencia, de sus dudas, de sus sueños y pesadillas, que no
tienen más remedio que vivir en sociedad. El único conocimiento que da el árbol de la
ciencia es que la hermandad es el santo grial... es la fuerza que podrá mantener a los
pueblos unidos si son capaces de dejar a un lado sus inservibles peleas políticas e ideoló-
gicas. Y no hay árbol de la vida que proteger ya que el hombre obtiene su eternidad en la me-
moria de los demás. Esa es la religión de los avatares que murieron por medio de clavos
o balas. Esa es mi religión, y no la aprendí en la iglesia, siempre la he llevado conmigo.
La iglesia es más que un templo o un altar de adoración. La verdadera iglesia, el
verdadero templo es uno mismo, y Dios es todo lo que nos rodea. Pero hace falta vivir para
aprender la palabra. La fe no llega al oir cuentos manipuladores, llega por la experiencia
de lo vivido. Porque viviendo es que uno se da cuenta si en verdad se busca a Dios con
sinceridad. El único catecismo que existe para aprender el evangelio es el que se vive todos
los días. Las lecciones se componen de cada malrato, felicidad, sufrimiento, triunfo, todo eso
y más es parte del catecismo.
¿Una persona perseguida, discriminada, maltratada o ignorada puede creer todavía
en el amor? De la misma manera me pregunto: ¿Una humanidad brutalizada, conquistada,
colonizada, exterminada, crucificada, capitalizada, martirizada, segregada, estereotipada,
abandonada, puede creer todavía en el amor? Quizás es la única alternativa que nos queda.
Como todavía no tenemos internalizada la idea de la hermandad como respuesta, es la
esperanza en el amor lo único que nos mantiene en pie. Esa esperanza es lo que nos queda
porque ni la fe en la religión más grande es suficiente ya para apaciguar el dolor y la incer-
tidumbre. Tenemos a Jesús, Malcolm X, Che Guevara, Chico Méndez, Pedro Albizu Campos,
José Martí, Eugenio María de Hostos, Martin Luther King, Jr., Mahatma Gandhi, Madre Teresa...
y estamos nosotros. Todos tenemos el potencial de alcanzar ese nivel de existencia. Mientras
tanto, nosotros somos los vivos y ellos los muertos, pero, ¿quién queda con vida realmente?
Las verdaderas buenas nuevas, el evangelio que se nos ha ocultado es el que dice que las
personas que mantienen su integridad por encima de todo encuentran la vida eterna en la
memoria de los vivos.
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