Me sentí obligado a retar su sentencia,
una vida ya escrita en el libro de lo que ha de ser.
Convencido estaba de cambiar el curso
de aquello a lo que el Destino me reservó.
Creí tener tener las fuerzas para desviar la ruta
de un camino que elegí entre dos.
Uno me llevaba por la vía de la vocación anhelada,
el otro hacia el peregrinaje entre amor y dolor.
El Destino dicta palabra de toda vida humana
con objetividad sagrada y sabiduría divina.
El Destino es Dios presente, Dios encarnado,
imponiendo su ley para su propia dicha.
A pesar que todo está dicho y hecho,
hace falta mentira para ocultar la verdad.
Como lo divino es inaprehensible para la mente,
la esperanza es la mentira, la ilusión la verdad.
Toda escena está concertada en el libro de la vida,
una obra en tres actos y tensión tras la cortina.
El nacimiento introduce al protagonista de turno
con una inocencia pura que va perdiendo día a día.
La inocencia es el alma que va desapareciendo,
la verdad de su esencia tras carnal padecimientos.
En los primeros años de vida se programa la doctrina
del social entorno con moral distraída.
A pesar que todo está dicho y hecho
hay veces que la mentira no oculta la verdad.
Y como nadie se salva del pecado y su original decreto,
¿qué vale más, la esperanza o la verdad?
El Destino y su autor en su eterno misterio
observan con cuidado la granja de hormigas.
Aunque me siento desgraciado
eludiendo toda creencia...
se me ha revelado
que el sufrimiento es la puerta.
Cada día que sucumbes cuando te lamentas
porque perdiste a alguien sin decir adiós.
Recuerda que la gracia de Dios es horrenda...
sufrirá el que aprende del dolor,
sufrirá el que aprende del amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario