- ¿Dónde están los demás, Rafael? - preguntó en silencio, ya bien acostumbrado
a la telepatía que estas gaviotas empleaban en lugar de graznidos y trinos -. ¿Por qué no
hay más de nosotros aquí? De donde vengo había...
- ... miles y miles de gaviotas. Lo sé. - Rafael movió su cabeza afirmativamente-.
La única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres una gaviota en un millón. La mayoría
de nosotros progresamos con mucha lentitud. Pasamos de un mundo a otro casi exactamente
igual, olvidando en seguida de dónde habíamos venido, sin preocuparnos hacia dónde íbamos,
viviendo sólo el momento presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos cruzar antes de
que lográramos la primera idea de que hay más en la vida que comer, luchar, o alcanzar
poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez mil! Y luego cien vidas más hasta que empezamos
a aprender que hay algo llamado perfección, y otras cien para comprender que la meta de la
vida es encontrar esa perfección y reflejarla. La misma norma se aplica ahora a nosotros,
por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido en éste.
No aprendas nada, y el próximo mundo será igual que este, con las mismas limitaciones
y pesos de plomo que superar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario